El itinerario

La rutina

Durante los días de semana hacemos más o menos el mismo camino al trabajo. Cuando la rutina pesa vemos la posibilidad de incorporar variantes, alternar transportes o sólo caminar cuando es posible. Otras veces, las huelgas, paros, accidentes nos obligan a improvisar junto con los demás pasajeros. Así, sin querer, moviéndonos en masa, generamos grandes atrasos o colapsos.
El traslado de ida y regreso a casa no suele considerarse viaje. Creo que la principal razón puede ser que la urgencia de llegar a tiempo nos priva de contemplar y disfrutar el camino. Ello, sumado a las condiciones en que se hace, sean de calor o hacinamiento, nos roba el placer.
Las estaciones de trenes de mediana distancia nos muestran que la ciudad se completa con gente que viene por el día y se van. Incluso, tal vez, el factor de repetición nos fuerza a olvidar que es un viaje. Eso se percibe cuando tomas un transporte -habitual al trabajo- en el fin de semana y cambia el humor con el que se hace el mismo recorrido.
En algunas épocas de mi vida, usaba tres transportes para ir al trabajo y a estudiar, felizmente uno de ellos era el tren (en casi todo su recorrido) por lo cual podía dormir una buena siesta si conseguía sentarme. Colectivo, tren y subte. Subte, tren y colectivo. Otro tiempo, aunque breve, pude suprimir el último tramo de subte en esa triada ganaba tiempo y lamentablemente aún me faltaba algo para llegar bien despierta al trabajo.

Lo habitual

Hay días especiales aunque nos enfoquemos en lo gris y aburrido de la rutina del transporte.
Parecen de una religión, un culto o quizás solo sea un momento de magia. Ese día, regresaba sentada en el subte, dejé pasar un par de trenes porque resultaba una picardía ir apretada en esta segunda etapa del itinerario. Desde que se habilitó la extensión de la Línea E, tomarlo de cabeceras ha sido un placer. La combinación de líneas, que se hace debajo del obelisco, ha quedado saturada de múltiples maneras.
Ese día, había estado viendo el celular mientras esperaba en el andén, respondiendo memes y mensajes pendientes. Saqué el libro que voy leyendo al sentarme. Era uno en inglés, y resultaba ser de esas lecturas postergadas pero que avanzan rápidamente como lectura de transporte. ¿Será la continuidad del viaje diario? o ¿que no resulta tan tedioso en comparación con el entorno? No importa, funciona y ese libro estuvo mucho tiempo en el purgatorio de la mesita de luz aguardando su turno y orden.
El cansancio de la semana se hacía sentir, ya siendo jueves, el subte había arrancado, mi lectura también. El vagón se comenzó a llenar de pasajeros pasando la cuarta estación. Una chica iba de pie frente a mí, también leyendo. A su lado, se abrió camino una señora a quien designe mentalmente mi sucesora en el asiento.

Primer tema

Comencé a oír música, rock, nos movíamos del andén y la música nos seguía, nos llegaba del otro vagón. Me agradaba la voz rasposa que se oía y aun así se parecía mucho a la versión original: Leila, got me on my knees… Llegaban las melodías, a pesar del traqueteo y las voces de conversaciones. La estación Pueyrredón pasó y la “situación humana” se ponía cada vez más compacta, decidí pararme. La chica ya había cerrado el libro y bloqueaba mi paso agarrada al caño que determina el final de los asientos y la llegada al espacio de las puertas, así como defendiendo el espacio que ocupaba firmemente. Continuaba, ahí, el tren ya saliendo de la estación Carlos Gardel. Entonces le pregunté si bajaba en la próxima estación. Suele ser en la anteúltima estación que uno comienza con las negociaciones para conseguir espacio hacia la puerta. Dijo que sí, y no se movió un centímetro. La señora me pidió permiso, como pude me corrí un poco más y se sentó. En parte me sentí orgullosa, que el asiento fuera a mi sucesora, tal como lo había planeado, hasta le hubiera dado un libro para que se distraiga. Tenía semblante de trabajadora agobiada pero ni bien se acomodó cerró los ojos y hasta la envidié un poco, aún extraño mis siestas de transporte público.

El himno

Volví a oír la música, mis pies me sostenían relativamente, así pues no hay margen para perder estabilidad, entonces marqué el ritmo los dedos en el caño transversal. La música pide expresarse. Aun no comprendía bien, si la sabía o no, algo en los acordes me daba la impresión que sí. Comencé a tararear como invocando el resto, forzando la memoria, me faltaban algunos acordes, se mezclaban con el ruido del metal en las vías. A la música la tapaban las conversaciones pero se defendía entre esa cacofonía de metales y voces. Finalmente vino y me envolvió como el humo de un sahumerio dibuja orlas en el aire: que la soledad se esconde tras tus ojos. No se oyó más y no recordaba más, la chica de al lado también estaba canturreando. Pero luego llegó el estribillo y lo cantamos como el himno: no quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas sabiamente; quiero que me trates suavemente .Era un grito callado, una emoción singular y colectiva en ese preciso momento de apretujarse por el poco espacio. Combinaba perfectamente con el contexto espacial de esa realidad como personal como político.
Con los anillos en el caño marqué el cambio de ritmo para la siguiente parte.
Cantábamos casi a coro, no solo nosotras y los músicos en el otro vagón, éramos varios esparcidos en ese compacto enjambre humano. Nos miraron como si fuéramos amigas y cómplices, pero no era ese el caso. Nos arrastraba la melodía, era casi una posesión musical milagrosa, nos dejábamos llevar: te comportas de acuerdo con lo que te dicta cada momento y esta inconstancia no es algo heroico, es más bien algo enfermo. Pasó el estribillo nuevamente, llegamos a Medrano.

La belleza de lo efímero

Permiso! Bajar de ese compacto de personas es casi como ser parido, o nacer al andén. Incluso algunas veces se siente como una entrada a otro mundo, o una salida también. Se perdió el tren en el túnel y se llevó la música con él. La chica siguió por la escalera mecánica, yo fui por la otra, mi camino habitual. Guardé el libro que traía en una mano, saqué el celular.
Le tenía que contar la experiencia a mi querido amigo amante de Soda, medio colombiano y medio argentino, amante de los libros y el cine también… Un adorador de Buenos Aires, del Subte, del rock nacional, otro feligrés de esta religión.

es.wikipedia.org/wiki/Trátame_suavemente